5/14/2026
La gestión de la comunidad es una labor sagrada para las iglesias
por la Rvda. Sandra Moon
El año pasado, después de haber vivido en Louisville durante 18 años de mi vida adulta, me mudé a Portland, Oregón, un lugar con el que no tenía vínculos profundos. Una vez que me instalé físicamente en mi nuevo hogar, pasé a mi siguiente proyecto: crear una comunidad.
Hacer nuevos amigos puede ser un reto a cualquier edad, pero especialmente en la edad adulta. Parece que vivimos en una sociedad en la que todos estamos sobrecargados de trabajo y con agendas repletas, y no es fácil intentar entablar nuevas relaciones además de todo lo demás que nos ocupa en la vida. Con el fin de conocer gente, me he unido a grupos locales de Meetup y a grupos de Facebook basados en diferentes intereses o afinidades. Lo que he observado en estos grupos laicos en línea es que existe un claro anhelo de construir una comunidad, pero hay una desconexión significativa entre ese anhelo y el esfuerzo real por crear relaciones significativas en persona.
Conocemos las estadísticas sobre la soledad. Hemos escuchado las advertencias de los líderes de salud pública. La soledad no solo es desagradable; es perjudicial, incluso mortal. Y, sin embargo, en medio de esta crisis, la iglesia posee un don silencioso y poderoso: la capacidad de cultivar una comunidad auténtica y viva.

En mi trabajo con la Fundación, me reúno con iglesias presbiterianas de todo el país: algunas se enfrentan a decisiones financieras difíciles, otras sueñan con valentía con nuevos ministerios. Suelo preguntar a los pastores y a los ancianos por qué sirven a su congregación, por qué dedican su energía y sus recursos, y por qué acuden semana tras semana. La respuesta es casi siempre la misma: Esta iglesia es mi familia.
Esa respuesta no tiene que ver con programas ni con edificios. Tiene que ver con el sentido de pertenencia. Tiene que ver con que te conozcan. Tiene que ver con tener un lugar donde tu presencia importe.
Las iglesias tienen una oportunidad única para dar ejemplo de un sentido de pertenencia que sea amplio, que busque la justicia, que sea inclusivo y que se base en el amor y la hospitalidad radicales de Jesús. Podemos ser lugares donde las personas de cualquier identidad, origen e historia encuentren un espacio para respirar y sentirse acogidas, y para ser vistas y amadas tal como son.
Pero la comunidad no surge por casualidad. Se cultiva. Se cuida. Se gestiona. La comunidad comienza con la compasión: un cuidado genuino y atento por la vida de los demás. No ese rápido “¿Cómo estás?” que lanzamos por encima del hombro, sino el tipo de cuidado que se detiene el tiempo suficiente para escuchar la respuesta. El tipo de cuidado que se manifiesta en un guiso que se lleva a alguien después de una cirugía. El tipo de cuidado que consiste en acompañar a alguien en su dolor o en su incertidumbre. Las iglesias construyen comunidad cuando practicamos la empatía, cuando nos preocupamos los unos por los otros, cuando notamos quién falta y nos acercamos a esa persona, y cuando nos presentamos, listos a arremangarnos para involucrarnos. La comunidad requiere constancia. Requiere presencia. Requiere elegir ser parte de algo más grande que nuestros horarios y preferencias individuales.
En una época en la que la soledad va en aumento y los lazos se sienten frágiles, la iglesia tiene una vocación sagrada: ser un lugar donde las personas puedan encontrar un sentido de pertenencia y un propósito. No una comunidad perfecta, sino una comunidad auténtica. Una comunidad que practique el cuidado, la oración, el servicio y la presencia —no porque sea fácil, sino porque es sagrado—.
La labor de construir una comunidad es lenta, a veces complicada, pero siempre vale la pena. Ojalá cada uno de nosotros ponga de su parte para cuidar esta labor sagrada de ser iglesia en un mundo que necesita tan desesperadamente el amor, la gracia y la esperanza que se encuentran en Dios.