6/29/2018
La certeza cristiana en el Propósito de Dios: La Ciudad de Dios de Agustín
por Joe Small
Agustín Ciudad de Dios es un tour de force, que traza el movimiento de la peregrina Ciudad de Dios entre los impíos. Agustín examina el curso de las dos ciudades creadas por dos amores. "La una, por tanto, se gloría en sí misma, la otra en el Señor; la una busca la gloria de los hombres, la otra encuentra su mayor gloria en Dios, el Testigo de nuestra conciencia. El uno levanta la cabeza en su propia gloria; el otro dice a su Dios: "Tú eres mi gloria y el que levanta mi cabeza"". (XIV,28)
Los lectores modernos encuentran La Ciudad de Dios contra 
los paganos intimidante (casi 1.200 páginas), a veces tedioso (largas refutaciones de religiones paganas ya muertas), a menudo discernidor (lectura de las Escrituras como un todo cohesionado), y siempre desafiante y reconfortante. Agustín escribió en una época peligrosa para el imperio romano y desconcertante para la Iglesia, instando a la certeza cristiana en el Propósito de Dios.
También vivimos tiempos peligrosos para la polis y desconcertante para la Iglesia. La ansiedad de los presbiterianos por la contracción, la estructura, la división y la pérdida de protagonismo cultural se ve agravada por la ansiedad por el dinero. Me intriga un breve párrafo en La Ciudad de Dios que examina el dinero de la Iglesia y lo que el dinero compra desde una perspectiva desconocida en una época de desarrollo de los fondos eclesiásticos.
La providencia de Dios procura a esa Ciudad [de Dios] tanto el consuelo de la prosperidad material, para que no sea quebrantada por la adversidad, como la disciplina de la adversidad, para que no sea corrompida por la prosperidad. Y templa lo uno con lo otro de tal manera que aquí reconocemos la fuente de aquel dicho del salmo: 'Según la multitud de mis penas en mi corazón, Tus consuelos han deleitado mi alma'.
Agustín me recordó una oración en El libro de culto, predecesora de la BCW que se critica por su lenguaje informal, pero que suele dar en el clavo:
Dios justo: tú nos has enseñado que los pobres tendrán tu reino, y que los de mente humilde heredarán la tierra. Mantén a la Iglesia lo bastante pobre para predicar a los pobres, y lo bastante humilde para caminar con los despreciados. Nunca nos agobies con bienes inmuebles o demasiado dinero en efectivo. Salva a tu Iglesia de la ostentación vana o de las comodidades fastuosas, para que, viajando ligeros, podamos movernos por el mundo mostrando tu amor generoso, que se nos ha dado a conocer en Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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