1/30/2020
8 de marzo (Segundo domingo de Cuaresma): Salmo 121 y Juan 3,1-17
por el Rev. Dr. Neal Presa
Me pregunto cómo debió de ser la mañana siguiente para Nicodemo, cuyo encuentro con Jesús en el manto de la noche, le cambió para siempre. Qué diferencia hace para Nicodemo una pregunta curiosa: "¿Cómo pueden ser estas cosas?", después de que Jesús dice que hay que nacer de nuevo para entrar, o para ver el reino de Dios. Al haber sido testigo del nacimiento de nuestros dos hijos hace muchos años, recuerdo verlos por primera vez, oír sus primeros llantos y verlos abrir lentamente sus propios ojos, luchando por adaptarse a la luz del día que se asomaba a través de las cortinas del hospital. Para Nicodemo, como explica Jesús, renacer es ver, discernir la presencia del reino de Dios. Renacer es ver, que es salvarse.

El Salmo 121 es una declaración de alabanza de ver. Casi se puede sentir el palpable "Aleluya" resonando en el corazón de los cantores: "Alzaré mis ojos a las colinas -/¿de dónde vendrá mi ayuda?". El salmo continúa diciendo que el Señor no duerme, que el Señor vigila nuestras idas y venidas, que el Señor nos guarda y nos protege, que el Señor nos provee. El sentido inmediato que se desprende del salmo 121 es el de un peligro inminente que necesita la seguridad de la protección del Señor, o el de espíritus abatidos que han caído, que se sienten derrotados, que experimentan abatimiento. El salmo es un encuentro con el pueblo de Dios para contemplar, para ver al Señor que está presente.
Tanto el Salmo 121 como Juan 3 son encuentros divinos para contemplar. Al levantar nuestros corazones y nuestros ojos, renacemos a la esperanza y a la vida nueva que hay en el Señor. Cada vez que nuestras vidas se dirigen al Hijo que Dios ha enviado al mundo, vemos que hemos sido salvados y que se nos ha dado una nueva vida. ¡Hemos nacido de nuevo!